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Educación Socioambiental

Hielo en la tierra verde

Posted by ligimo en junio 12, 2008

El expedicionario Robert Edwin Peary anotó en su diario el 6 de abril de 1909 la cita que sigue: “¡El polo, por fin! El objetivo de tres siglos, mi sueño y mi ambición durante 23 años. Mío por fin”. Había alcanzado -al menos eso creía él- una meta por la que muchos otros antes (John Franklin, Elisha Kent Kane, Fridtjof Nansen, Wellman, Wally Herbet) empeñaron sus recursos e, incluso, la vida. Desacreditada su conquista, ésta fue realizada cuatro décadas después por un equipo liderado por Alexander Kuznetsov, enviado por Stalin. En 1969, el explorador británico Wally Herbert se atribuyó el mérito de alcanzar el Polo Norte a pie (los anteriores llegaron en avioneta).

Ha pasado un siglo y medio de aquella fiebre por conquistar el punto más septentrional del planeta, atravesando para ello Groen landia. Y esta fiebre parece haber rebrotado en los últimos años, alimentada por la existencia de importantes recursos naturales -gas y petróleo-, pero también por ser una de las víctimas del calentamiento global. Sentenciada por los científicos a sufrir una fuerte transformación a consecuencia de un deshielo, Groenlandia -conquistada en el año 982 por Eric el Rojo, y que después de varios cambios de manos depende en la actualidad de Dinamarca, aunque goza de gran autonomía- se ha convertido en la principal atracción para un turismo ávido de aventuras que no quiere dejar de contemplar uno de los paisajes más bellos del planeta.

Los reclamos para apuntarse a este tipo de viajes no pueden ser más atractivos: focas, ballenas, banquisas (placas de hielo flotantes), icebergs, auroras boreales, glaciares, convivencia con los inuits, el silencio… Esto último es quizá lo más difícil de alcanzar. La causa: lo nutrido de los grupos que viajan hasta allí y que el pasado verano se incrementaron de manera notable, aunque no así la logística de un lugar cuyas infraestructuras son bastante limitadas. Algo que, sin lugar a dudas, forma parte de su atractivo pero que, por desgracia, también parece en peligro de extinción, y está previsto que las oficinas de turismo potencien su oferta frente a los paquetes internacionales. España se ha convertido en el país con mayor presencia, hasta el punto de que la información se publicará en castellano, además de en groenlandés, danés e inglés. Según unos datos publicados recientemente, las expectativas generales de turismo para este año apuntaban la llegada de 30.000 visitantes. Un dato revelador si se tiene en cuenta que la población de Groenlandia asciende a tan sólo 56.000 personas.

Pero el silencio también desaparece por otras causas más loables. Lo hace soterrado por los espectaculares sonidos de la naturaleza. Las bandadas de gaviotas se convierten en un escandaloso coro que sirve de preludio al sonido provocado por el deshielo y el desmoronamiento de los glaciares. Son lenguas de hielo que se convierten en una prolongación del Inlandis, el enorme desierto helado que se extiende 2.500 kilómetros de norte a sur, y mil kilómetros de este a oeste, alcanzando un espesor de hasta 3.000 metros. Es la superficie glacial más grande después de la Antártida.

Sus derrumbes, externos e internos, que sonoramente se pueden asimilar a los truenos de una tormenta, no cesan ni de día ni de noche. Pero el caos también deja paso a la calma y a otros matices, como el sonido del discurrir de los ríos que fluyen en el corazón del Inlandis. El agua, en todas sus formas -sólida, líquida y gaseosa (la niebla hace acto de presencia con tanta rapidez como desaparece)- se manifiesta como la gran protagonista de este cuadro donde predominan los colores blanco y azul -aunque su nombre, Greenland, signifique ‘tierra verde’-, convertidos en símbolos: las iglesias luteranas están decoradas con ellos.

Estos mismo colores son los primeros que capta la retina del viajero -si tiene la suerte de contar con un día despejado- poco antes de aterrizar en el aeropuerto de Nasarsuaq, punto de partida de muchas de estas expediciones de aventureros urbanos. Desde aquí comienza un itinerario que se desarrollará a lo largo de los numerosos fiordos -en barco o kayak-, contemplando a lo lejos las cabezas emergentes de las focas, mientras el avistamiento de ballenas es casi anecdótico, ya que estos cetáceos se han alejado en busca de aguas más frías. Por tierra se pueden contemplar caribús (renos) y liebres polares, entre otros animales.

El recorrido pasa por poblaciones como Nanortaliq, donde se encuentra la primera fuente construida en la isla, y Narsaq, antes de recalar en los espectaculares fiordos de Tassermiut, después de hacer una parada en las termas de la isla de Unartoq. En Qaleragdlit se encuentra el impresionante glaciar -venido a menos- del mismo nombre.

Un grupo de excursionistas levanta el campamento a escasos metros del espectacular glaciar de Qaleragdlit. /s. gaviña

Clima extremo

Es en estos dos últimos puntos donde se produce la verdadera comunión con la naturaleza, pues son lugares aislados a los que sólo se accede por barco. No disponen de ningún tipo de infraestructura hotelera, sólo de un campamento de tiendas que deberán resistir al frío, la lluvia y el viento. Tres elementos que determinarán el curso del viaje, pues impedirán la salida de barcos y aviones. El viajero debe ser consciente de que su agenda puede verse modificada por el clima, lo que proporciona la posibilidad de convivir con sus anfitriones, los inuits. Ellos ocupan los pequeños pueblos de casas mul ticolores construidas con madera, siempre preparados para entablar conversación con quien se preste y chapurree un poquito de inglés.

Si la suerte acompaña, se puede disfrutar de las auroras boreales, un fenómeno espectacular -quizá el más codiciado por el viajero- que se produce cerca de los polos, creán dose en el cielo fantasmagóricas figuras de distintos colores. Se suelen producir cuando la oscuridad es más profunda (preferentemente, a partir de septiembre). En agosto, la fortuna acompañó y se pudieron contemplar desde el albergue de Nasarsuaq. Un broche de oro para una experiencia única que debe defenderse de la masificación, verdugo indiscutible de aventuras como ésta.

 

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